• Soy de la U | Corazón

    Cuando juegas el campeonato nacional por el honor, ves los partidos de tu equipo con otros ojos. Menos ansioso, para empezar. Probablemente sin la histeria que suele ocuparnos cuando uno de los tuyos, por ejemplo, se farrea un penal, como ocurrió el sábado en Talcahuano. El corazón te lo agradece, porque en vez de obligarlo a bombear sangre con ritmo de metralla, lo dejas más libre para que sea habitado por aquellos sentimientos que un día te permitieron saber que eras de la U.

    El viernes pasado le escuché decir al colocolino Esteban Abarzúa que uno sabe de qué equipo es cuando llora por primera vez por esa camiseta. Tiene razón, Abarzúa. Antes podemos sospecharlo, pero la gran diferencia entre repetir como loro lo que te digan los más grandes y sentir esa insignia como propia sucede el día en que botas tus primeros lagrimones de fútbol por un resultado adverso de tu equipo.

    En 1970 yo tenía ocho años y viví mi prueba de fuego la noche en que Peñarol nos eliminó en el partido de definición de la semifinal de la Copa Libertadores, en Buenos Aires, cuando el Gringo Nef no pudo controlar una pelota fácil, nos empataron en el último minuto y nos dejaron fuera del torneo. Todavía recuerdo la pena y la vergüenza que sentí: no quería que nadie me viera llorar en casa, no sabía dónde esconderme, mis hermanos no son de la U y les importaba un rábano que en ese momento la ilusión de jugar la final de la Libertadores se hubiera ido al tarro de la basura. Después vendrían otras penas, algunas intensas y otras pasajeras, y por supuesto también momentos felices, pero el primer dolor se fija en tu memoria y en tu ADN.

    Lejos lo más valorable de la victoria por 3-1 el sábado frente a Iquique fue la actuación de nuestros jóvenes valores, el volante Fabián Carmona y el lateral Guillermo Díaz, que tuvieron aciertos y errores. Carmona pudo definir mejor un par de buenas ocasiones de gol y Díaz deberá aprender el manual del cortapalos de todo marcador de punta: defender con eficacia primero y después atacar. En ambos jugadores apreciamos condiciones para ganarse un puesto si trabajan duro, y también sentimos la fuerza de un corazón generoso, el que le reclamamos a los que se ponen la camiseta de la U y el que nos gusta sentir vivo y palpitante en el pecho cuando nuestro equipo salta a la cancha.

  • Albo eterno | Suertudos

    Colo Colo tuvo la fortuna de un casi campeón y salió ileso jugando mal. Fue un estupendo empate con sabor a nada, con veintidós futbolistas preocupados de tirar patadas. Un empate cerrado en perderse goles o, también, en triturar pantorrillas. Fue, como siempre, el superclásico de los duros, el duelo entre indios y mineros, sin fútbol pero con rabia. Hubo sangre y alaridos. Pómulos rotos, globos oculares deformes, choques. Hubo, incluso, sol, delanteros tostados y malos pases. Amarillas con cara de roja directa, leyendas sin pólvora y, por supuesto, ningún gol.

    Lo que pasa es que en algún momento hay que jugar mal para ser campeón. Quizás este partido representa el bajón característico de los que parecían imparables. En Calama, es cierto, ocurrió una laguna mental de 90 minutos. Y eso, a los que nos guiamos por los clichés del fútbol, nos hace pensar en positivo: gracias a Dios que jugamos pésimo. Ahora creemos, aliviados, que ya pasó el peor partido.

    De manera que, tras el encuentro y para relajarme, me metí a un foro lleno de gente desadaptada. Un enajenado, hincha de la U, apodado El Chunchosumadre, me informó con solemnidad que el torneo está arreglado. Dio datos. Cifras. Parece que Colo Colo compró a todos los árbitros. Hay un montón de plata que manejan mafias rusas. Los delanteros rivales que se pierden goles están pagados. En medio de un diálogo tirante con Chunchosumadre, le dije que no me daba más opción: mandaría gente a golpearlo. Le señalé que se arrepentiría. Finalmente razonó y dijo: "Reconoce que Colo Colo tiene mucha cueva". Y yo me emocioné. Aquel psicópata tenía razón. Y volvemos a la esencia: un campeón sin cueva es una mentira. La cueva, como concepto, ilustra la jugada mágica de los genios. La cueva le sucede a los que se preparan para ser una leyenda. En fin. Ya se fue Cobreloa y volvimos con un punto útil.

    Ahora que se venga O"Higgins, grité al aire, enardecido. Si Cobreloa fue el superclásico de los duros, O"Higgins es una final sumamente adelantada. Lo que yo pienso -al igual que millones de hinchas- es que hay que sacarlos del camino, que se desbarranquen. Sin piedad, muchachos. Es el momento de volver a jugar bien al fútbol. Que la pelota vuelva al piso porque la suerte jamás repite.

  • Vecchio no duda que dará la vuelta

    Al volante le sobra confianza."Tenemos la convicción de que saldremos campeones", dijo.

    Como un tropiezo y nada más. Así explican en Pedrero el pobre empate sin goles conseguido ante Cobreloa en Antofagasta el sábado. Empate, aseguran, que no pondrá ni de cerca en peligro la tan anhelada estrella número 30. Así al menos aseguró el conductor de los albos Emiliano Vecchio.

    "Fue un empate justo, uno debe ser consciente de que los otros equipos se juegan la vida ante Colo Colo, y nosotros tenemos que estar fuertes. Fue un partido bien jugado por los dos equipos, ellos pudieron marcar, nosotros también", dijo ayer el argentino a Radio Cooperativa, tras el entrenamiento matutino de del equipo.

    "Hemos tenido partidos difíciles desde que empezó el torneo. Nosotros sabemos que el fútbol chileno está parejo, pero tenemos la convicción de que saldremos campeones y que nadie nos va a ganar", agregó el volante.

    Colo Colo recibirá este domingo a O"Higgins en el Monumental, en una semana que puede ser clave de cara al final del torneo.

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