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Derretimiento de hielos atrae a más turistas a la Antártica a la vez que aumenta sus riesgos
Los flujos de visitantes aún son pequeños pero crecen exponencialmente y se teme que llegue a los 400 mil al mes.
Agencia AP
Impulsado en parte por el temor de que los paisajes helados de la Antártica puedan estar derritiéndose de manera irreversible debido al cambio climático, el turismo al fin del mundo se está disparando. Y los expertos advierten que, con más visitantes, aumenta el riesgo de contaminación, enfermedades y otros daños al continente.
Aunque las cifras de visitantes siguen siendo pequeñas -en parte por los altos costos y el tiempo que puede requerir-, crecen tan rápido que científicos y ambientalistas están emitiendo una voz de alarma.
Un brote mortal del inusual hantavirus a bordo de un barco neerlandés en un crucero polar de varias semanas ha llamado la atención sobre esta creciente tendencia del turismo.
La mayoría de las expediciones se dirigen a la península Antártica, uno de los lugares que se calientan más rápido en el mundo. De 2002 a 2020, se derritieron aproximadamente 149.000 millones de toneladas de hielo antártico por año, según la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio de Estados Unidos, la NASA por sis siglas en inglés.
Una ruta común consiste en viajar hacia el sur desde Argentina rumbo a la Antártica antes de dirigirse al norte por la costa de África, la misma ruta que tomó el crucero MV Hondius.
"Los sitios que verán en la Antártica son extremadamente únicos y no se pueden replicar en ningún otro lugar del planeta -las ballenas, las focas, los pingüinos, los icebergs-, todo es realmente impresionante y deja una enorme huella en la gente", comenta Claire Christian, directora ejecutiva del grupo ambiental Antarctic and Southern Ocean Coalition.
En 2024, más de 80.000 turistas pisaron el vasto continente cubierto de hielo y 36.000 lo observaron desde la seguridad de los barcos, según datos recopilados por la Asociación Internacional de Operadores Turísticos de la Antártica.
La Unión Internacional de Científicos Preocupados estima que el turismo a dicho continente se ha multiplicado por diez en los últimos 30 años.
Esa cifra podría aumentar aún más en la próxima década a medida que bajen los costos, ya que entrarán en servicio más cascos capaces de navegar entre hielos y hay avances tecnológicos, señaló Hanne Nielsen, profesora titular de derecho antártico en la Universidad de Tasmania, en Australia. Sus colegas en dicha institución estiman que el número anual podría triplicarse o cuadruplicarse hasta superar las 400.000 visitas en ese periodo.
Algunos viajeros llegan a la Antártica atraídos por el "turismo de última oportunidad", conscientes de que el paisaje que se derrite está cambiando rápidamente, indicó Nielsen.
Atentos a brotes
Las autoridades no han señalado ninguna evidencia de contaminación proveniente del MV Hondius. Sin embargo, bandadas de aves migratorias llevaron la gripe aviar desde Sudamérica a la Antártica en los últimos años, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos.
Ese brote llevó a la Asociación Internacional de Operadores Turísticos de la Antártica y a otros a endurecer las normas sobre la conducta y la higiene de los turistas para proteger a los visitantes de contaminarse. Para proteger el frágil ecosistema de especies invasoras, grandes y microscópicas, se indica a los visitantes que se mantengan alejados de los animales y que eviten tocar el suelo con cualquier cosa que no sean sus pies.
"Hay reglas que la gente debe cumplir cuando se dirige hacia el sur", manifestó Nielsen, que describió sus cinco viajes en su papel anterior de guía. Tripulaciones y pasajeros usan aspiradoras, desinfectantes y cepillos para limpiar zapatos y equipos, eliminando insectos, plumas, semillas y tierra que transporta microbios.
"Entre la lengüeta y los cordones de las botas se pueden encontrar muchas cosas", comentó.
Los cruceros han sufrido brotes de enfermedades como el norovirus, que puede propagarse rápidamente en los espacios reducidos de un barco. En 2020, un brote de covid-19 en el Diamond Princess convirtió al crucero en una incubadora del entonces misterioso patógeno.
La Antártica se rige por el Tratado Antártico, que en 1959 consagró el territorio como una reserva científica utilizada únicamente con fines pacíficos. Una serie de normas posteriores "tienen como objetivo garantizar que todas las visitas, independientemente del lugar, no afecten negativamente el medio ambiente antártico ni sus valores científicos y estéticos", según la secretaría del tratado.
Las empresas y las iniciativas científicas cumplen de manera voluntaria las directrices de bioseguridad y presentan evaluaciones de impacto ambiental para las operaciones en la Antártida.
El tratado se redactó cuando las cifras de turismo eran mucho más bajas, señaló Christian.
"La actividad debe regularse de manera adecuada, como se haría con cualquiera de los sitios ecológicos sensibles y valiosos del mundo", señaló Christian desde Hiroshima, Japón, donde se preparaba para una Reunión Consultiva del Tratado Antártico. Allí se sumará a los llamados para reforzar las protecciones de los pingüinos, ballenas, aves marinas, focas y kril de la Antártida, criaturas diminutas en la base de la cadena alimentaria.
Por ahora, el atractivo de la frontera helada sigue atrayendo visitantes.
"Puedes dejar una huella en la Antártica y sigue ahí 50 años después", afirmó Christian.
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Derretimiento de hielos atrae a más turistas a la Antártica a la vez que aumenta sus riesgos
Los flujos de visitantes aún son pequeños pero crecen exponencialmente y se teme que llegue a los 400 mil al mes.
Agencia AP
Impulsado en parte por el temor de que los paisajes helados de la Antártica puedan estar derritiéndose de manera irreversible debido al cambio climático, el turismo al fin del mundo se está disparando. Y los expertos advierten que, con más visitantes, aumenta el riesgo de contaminación, enfermedades y otros daños al continente.
Aunque las cifras de visitantes siguen siendo pequeñas -en parte por los altos costos y el tiempo que puede requerir-, crecen tan rápido que científicos y ambientalistas están emitiendo una voz de alarma.
Un brote mortal del inusual hantavirus a bordo de un barco neerlandés en un crucero polar de varias semanas ha llamado la atención sobre esta creciente tendencia del turismo.
La mayoría de las expediciones se dirigen a la península Antártica, uno de los lugares que se calientan más rápido en el mundo. De 2002 a 2020, se derritieron aproximadamente 149.000 millones de toneladas de hielo antártico por año, según la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio de Estados Unidos, la NASA por sis siglas en inglés.
Una ruta común consiste en viajar hacia el sur desde Argentina rumbo a la Antártica antes de dirigirse al norte por la costa de África, la misma ruta que tomó el crucero MV Hondius.
"Los sitios que verán en la Antártica son extremadamente únicos y no se pueden replicar en ningún otro lugar del planeta -las ballenas, las focas, los pingüinos, los icebergs-, todo es realmente impresionante y deja una enorme huella en la gente", comenta Claire Christian, directora ejecutiva del grupo ambiental Antarctic and Southern Ocean Coalition.
En 2024, más de 80.000 turistas pisaron el vasto continente cubierto de hielo y 36.000 lo observaron desde la seguridad de los barcos, según datos recopilados por la Asociación Internacional de Operadores Turísticos de la Antártica.
La Unión Internacional de Científicos Preocupados estima que el turismo a dicho continente se ha multiplicado por diez en los últimos 30 años.
Esa cifra podría aumentar aún más en la próxima década a medida que bajen los costos, ya que entrarán en servicio más cascos capaces de navegar entre hielos y hay avances tecnológicos, señaló Hanne Nielsen, profesora titular de derecho antártico en la Universidad de Tasmania, en Australia. Sus colegas en dicha institución estiman que el número anual podría triplicarse o cuadruplicarse hasta superar las 400.000 visitas en ese periodo.
Algunos viajeros llegan a la Antártica atraídos por el "turismo de última oportunidad", conscientes de que el paisaje que se derrite está cambiando rápidamente, indicó Nielsen.
Atentos a brotes
Las autoridades no han señalado ninguna evidencia de contaminación proveniente del MV Hondius. Sin embargo, bandadas de aves migratorias llevaron la gripe aviar desde Sudamérica a la Antártica en los últimos años, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos.
Ese brote llevó a la Asociación Internacional de Operadores Turísticos de la Antártica y a otros a endurecer las normas sobre la conducta y la higiene de los turistas para proteger a los visitantes de contaminarse. Para proteger el frágil ecosistema de especies invasoras, grandes y microscópicas, se indica a los visitantes que se mantengan alejados de los animales y que eviten tocar el suelo con cualquier cosa que no sean sus pies.
"Hay reglas que la gente debe cumplir cuando se dirige hacia el sur", manifestó Nielsen, que describió sus cinco viajes en su papel anterior de guía. Tripulaciones y pasajeros usan aspiradoras, desinfectantes y cepillos para limpiar zapatos y equipos, eliminando insectos, plumas, semillas y tierra que transporta microbios.
"Entre la lengüeta y los cordones de las botas se pueden encontrar muchas cosas", comentó.
Los cruceros han sufrido brotes de enfermedades como el norovirus, que puede propagarse rápidamente en los espacios reducidos de un barco. En 2020, un brote de covid-19 en el Diamond Princess convirtió al crucero en una incubadora del entonces misterioso patógeno.
La Antártica se rige por el Tratado Antártico, que en 1959 consagró el territorio como una reserva científica utilizada únicamente con fines pacíficos. Una serie de normas posteriores "tienen como objetivo garantizar que todas las visitas, independientemente del lugar, no afecten negativamente el medio ambiente antártico ni sus valores científicos y estéticos", según la secretaría del tratado.
Las empresas y las iniciativas científicas cumplen de manera voluntaria las directrices de bioseguridad y presentan evaluaciones de impacto ambiental para las operaciones en la Antártida.
El tratado se redactó cuando las cifras de turismo eran mucho más bajas, señaló Christian.
"La actividad debe regularse de manera adecuada, como se haría con cualquiera de los sitios ecológicos sensibles y valiosos del mundo", señaló Christian desde Hiroshima, Japón, donde se preparaba para una Reunión Consultiva del Tratado Antártico. Allí se sumará a los llamados para reforzar las protecciones de los pingüinos, ballenas, aves marinas, focas y kril de la Antártida, criaturas diminutas en la base de la cadena alimentaria.
Por ahora, el atractivo de la frontera helada sigue atrayendo visitantes.
"Puedes dejar una huella en la Antártica y sigue ahí 50 años después", afirmó Christian.
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Derretimiento de hielos atrae a más turistas a la Antártica a la vez que aumenta sus riesgos
Los flujos de visitantes aún son pequeños pero crecen exponencialmente y se teme que llegue a los 400 mil al mes.
Agencia AP
Impulsado en parte por el temor de que los paisajes helados de la Antártica puedan estar derritiéndose de manera irreversible debido al cambio climático, el turismo al fin del mundo se está disparando. Y los expertos advierten que, con más visitantes, aumenta el riesgo de contaminación, enfermedades y otros daños al continente.
Aunque las cifras de visitantes siguen siendo pequeñas -en parte por los altos costos y el tiempo que puede requerir-, crecen tan rápido que científicos y ambientalistas están emitiendo una voz de alarma.
Un brote mortal del inusual hantavirus a bordo de un barco neerlandés en un crucero polar de varias semanas ha llamado la atención sobre esta creciente tendencia del turismo.
La mayoría de las expediciones se dirigen a la península Antártica, uno de los lugares que se calientan más rápido en el mundo. De 2002 a 2020, se derritieron aproximadamente 149.000 millones de toneladas de hielo antártico por año, según la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio de Estados Unidos, la NASA por sis siglas en inglés.
Una ruta común consiste en viajar hacia el sur desde Argentina rumbo a la Antártica antes de dirigirse al norte por la costa de África, la misma ruta que tomó el crucero MV Hondius.
"Los sitios que verán en la Antártica son extremadamente únicos y no se pueden replicar en ningún otro lugar del planeta -las ballenas, las focas, los pingüinos, los icebergs-, todo es realmente impresionante y deja una enorme huella en la gente", comenta Claire Christian, directora ejecutiva del grupo ambiental Antarctic and Southern Ocean Coalition.
En 2024, más de 80.000 turistas pisaron el vasto continente cubierto de hielo y 36.000 lo observaron desde la seguridad de los barcos, según datos recopilados por la Asociación Internacional de Operadores Turísticos de la Antártica.
La Unión Internacional de Científicos Preocupados estima que el turismo a dicho continente se ha multiplicado por diez en los últimos 30 años.
Esa cifra podría aumentar aún más en la próxima década a medida que bajen los costos, ya que entrarán en servicio más cascos capaces de navegar entre hielos y hay avances tecnológicos, señaló Hanne Nielsen, profesora titular de derecho antártico en la Universidad de Tasmania, en Australia. Sus colegas en dicha institución estiman que el número anual podría triplicarse o cuadruplicarse hasta superar las 400.000 visitas en ese periodo.
Algunos viajeros llegan a la Antártica atraídos por el "turismo de última oportunidad", conscientes de que el paisaje que se derrite está cambiando rápidamente, indicó Nielsen.
Atentos a brotes
Las autoridades no han señalado ninguna evidencia de contaminación proveniente del MV Hondius. Sin embargo, bandadas de aves migratorias llevaron la gripe aviar desde Sudamérica a la Antártica en los últimos años, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos.
Ese brote llevó a la Asociación Internacional de Operadores Turísticos de la Antártica y a otros a endurecer las normas sobre la conducta y la higiene de los turistas para proteger a los visitantes de contaminarse. Para proteger el frágil ecosistema de especies invasoras, grandes y microscópicas, se indica a los visitantes que se mantengan alejados de los animales y que eviten tocar el suelo con cualquier cosa que no sean sus pies.
"Hay reglas que la gente debe cumplir cuando se dirige hacia el sur", manifestó Nielsen, que describió sus cinco viajes en su papel anterior de guía. Tripulaciones y pasajeros usan aspiradoras, desinfectantes y cepillos para limpiar zapatos y equipos, eliminando insectos, plumas, semillas y tierra que transporta microbios.
"Entre la lengüeta y los cordones de las botas se pueden encontrar muchas cosas", comentó.
Los cruceros han sufrido brotes de enfermedades como el norovirus, que puede propagarse rápidamente en los espacios reducidos de un barco. En 2020, un brote de covid-19 en el Diamond Princess convirtió al crucero en una incubadora del entonces misterioso patógeno.
La Antártica se rige por el Tratado Antártico, que en 1959 consagró el territorio como una reserva científica utilizada únicamente con fines pacíficos. Una serie de normas posteriores "tienen como objetivo garantizar que todas las visitas, independientemente del lugar, no afecten negativamente el medio ambiente antártico ni sus valores científicos y estéticos", según la secretaría del tratado.
Las empresas y las iniciativas científicas cumplen de manera voluntaria las directrices de bioseguridad y presentan evaluaciones de impacto ambiental para las operaciones en la Antártida.
El tratado se redactó cuando las cifras de turismo eran mucho más bajas, señaló Christian.
"La actividad debe regularse de manera adecuada, como se haría con cualquiera de los sitios ecológicos sensibles y valiosos del mundo", señaló Christian desde Hiroshima, Japón, donde se preparaba para una Reunión Consultiva del Tratado Antártico. Allí se sumará a los llamados para reforzar las protecciones de los pingüinos, ballenas, aves marinas, focas y kril de la Antártida, criaturas diminutas en la base de la cadena alimentaria.
Por ahora, el atractivo de la frontera helada sigue atrayendo visitantes.
"Puedes dejar una huella en la Antártica y sigue ahí 50 años después", afirmó Christian.