• Garay: la enfermedad de los ojos

    por constanza michelson / @psicocity

    Si es el narcisismo, la mitomanía, o algún trastorno de personalidad lo que explica el comportamiento de Rafael Garay-salvo para sus cercanos- es a estas alturas poco relevante. Por el contrario, es del todo inquietante su ubicuidad en la pantalla, fijándose en las retinas del espectador, que ya no sabe qué más decir al respecto en la sobremesa. Ya no se trata de hablar sobre él, sino de mirarlo a él.

    La expectativa creada respecto de su llegada, el loop majadero de imágenes, las notas centradas en datos cada vez más nimios, dejan la duda si entonces el tratamiento del caso debiese estar en el noticiero o en un programa de farándula, o quizás es hora de asumir que los límites entre ambas editoriales son ya bastante difusos.

    Parece que de lo que se trata es que la audiencia goce. Goce de su propia perversión, tramitando su exceso en el exceso de otros, a través de un exceso de información. Gozando en la mirada y cegando al pensamiento, a través del pacto: se transa recibir obscenidad en un envoltorio presentable, por obediencia. Quizás por eso consentimos a que esta historia pase de tragedia a comedia, tránsito que ocurre con algunas historias de criminales que en alguna torsión poco calculable, de pronto, pasan a ser rostros de poleras que se llevan con orgullo. Pocos disentirían que Garay se convirtió en un espectáculo rentable.

    Podemos preguntarnos por qué él y no otras historias de chanchullos y doble moral, de las que en lo últimos años hemos tenido kilos y para regodearnos en toda la gama de colores políticos. Voy con una hipótesis. Quizás la figura del político es una que por estructura no está a la altura de sus palabras y promesas. La mentira política descubierta es una especie confirmación de algo más o menos esperado. De ahí que la decepción despierte el escarnio público, pero no genera fascinación.

    La fascinación viene de la idea del mal de ojo, de hechizar. Y habría que suponer que el lugar del especialista de los medios puede llegar a ocupar ese lugar: el encantador. Aún en los tiempos en que Garay era considerado un economista y no un "autodenominado" experto, como los medios se dan el trabajo de aclarar hoy, ¿no se trataba de un rol de prestidigitador? Por un lado, porque al economista se le atribuye un saber incuestionable acerca del destino de la tribu; y además porta la promesa de que si se accede a su círculo más cercano se puede esperar de él la pócima para enriquecerse en un abracadabra. Y por otro lado, lejos de tener que ser investido de solemnidad académica, el especialista de medios va perfectamente sentado al lado de otros magos: el tarotista simpático, el vidente apocalíptico, el dietólogo que porta la esperanza, el doctor guapo que enseña a ser feliz. Si estudiaron o no, es irrelevante, si dan entrevistas borrachos o confiesan haber atravesado los muros de una planta nuclear, no importa. Son sujetos que se ven bien en pantalla.

    Al mismo tiempo que la fragmentación social se afirma con fuerza -la desconfianza hacia el vecino, hacia los acuerdos, hacia los representantes- cohabita esta fe de espectáculo. El pensamiento mágico al que parece que estamos dispuestos a transar por un poco de goce envuelto en un rostro amable.

    Un amigo se quejaba de que su ex "terapeuta" lectora de la carta astral ahora tenía pretensiones políticas, siendo esta última actividad la que le generaba recelo, no así la lectura de "energías". Curiosamente tuvo un lapsus y confunde el apellido de la mujer con el del "economista" en cuestión. Quizás inconscientemente se sentía estafado con que su maga quisiera pasar del encantamiento al ejercicio de la razón. Quizás porque ello lo obligaba a curarse de la enfermedad de los ojos.

    "Lejos de ser investido de solemnidad académica, el especialista de medios va muy bien sentado junto a otros magos: el tarotista simpático, el vidente apocalíptico, el dietólogo de la esperanza, el doctor guapo que enseña a ser feliz."

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    Según un estudio realizado por la Universidad del Sur de California, el 15% de los twitteros no son personas, sino que cuentas robots. Se estima que llegan a 48 millones, de las 319 millones de cuentas registradas en la red social. La mayoría de estos perfiles son programables y están asociados a marcas o también a productos, que comparten información de manera automática. Además, sus tuits no están relacionados con el debate, ni las noticias y evitan las interacciones complejas con otros usuarios. Se espera que en el futuro esta tendencia aumente, tal como pasó con Facebook. Esta red social incluso permite a las cuentas bots utilizar la mensajería instantánea.

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