Jueves, 05 de Noviembre de 2015
  • El metro de Nueva York: un feroz enredo subterráneo

    Escaleras por todos lados, estaciones distintas con el mismo nombre, más de veintitantas líneas. El metro de esta ciudad es complejo y confuso, sobre todo para los extranjeros. Aquí, Pepa Valenzuela cuenta cómo fue que se perdió y se encontró bajo tierra neoyorkina.

    Día 3 en Nueva York: Ay, Diosito, permite que esta huasa llegue a destino, por favor. Es 9 de agosto. Es primera vez que viajo sola en el metro neoyorkino y ni siquiera tengo teléfono gringo.

    Mi amigo chileno que me aloja aquí, me explicó ayer cómo debía combinar, pero estaba durmiendo cuando salí en la mañana y no alcancé a chequear con él mi trayecto. Así es que temo. Porque yo soy "lo" pajarona y porque el metro chileno era más fácil que la tabla del uno comparado con este.

    Andar en este metro, donde circulan cada día más de cinco millones de personas, requiere un postgrado: hay 27 líneas y más de 400 estaciones. Algunas tienen distintas entradas desde la calle hacia el subsuelo para ir a distintas direcciones del mismo tren: tienes que elegir uptown o downtown o Manhattan o Brooklyn o Queens. Una línea, por ejemplo la amarilla, tiene tres letras y cada una de ellas se detiene en distintas estaciones de ese mismo recorrido.

    A veces, sobre todo los fines de semana y en la noche, los recorridos cambian, no llegan a todas las estaciones o los trenes pasan por rieles que no les corresponden. Avisan de estas modificaciones, pero pegando en los andenes unos papeles roñosos que nadie pesca o por mensajes por altoparlantes imposibles de entender. En algunas estaciones hay varios niveles para combinar a distintas líneas y además hay algunas estaciones que tienen el mismo nombre. No es como el Metro de Santiago, tan clarito para sus cosas; por donde entres desde arriba está bien y todos los trenes paran en todas las estaciones. Facilito.

    La moda de Times Square

    Cada vez que la máquina se detiene -mientras voy sentada entre un señor de terno con dreadlocks hasta la cintura y un judío ortodoxo vestido entero de negro y con dos rulitos que le caen por los costados de la cara- abro y despliego un pdf del mapa del subway que bajé en mi celular chileno para asegurarme de que voy bien. Me bajo de la línea 3.

    Mientras el vagón es un refrigerador por el aire acondicionado, el andén es un sauna donde transpiras como poseída: así es el verano en el metro acá. Camino en medio del tumulto diverso y con las pintas más inverosímiles del mundo por Times Square, la estación de combinación. En las paredes, mosaicos de rostros de la ciudad. En una esquina, un afroamericano haciendo un beatbox de miedo. ¿Por qué no está en Broadway este cabro? Me doy mil vueltas. Esta cuestión es un laberinto de escaleras y gente que va para todos lados a la velocidad del rayo. Combino. Tomo la línea amarilla. Me bajo en la estación 8 St. Subo las escaleras. Alivio. Respiro. Llegué. Llegué bien.

    Llegué al Bronx

    Día 17: Nota mental: nunca cantes victoria en el metro de Nueva York. Tu GPS de reportera tercermundista y tu pdf de celular valen un pepino. Tenía razón otra amiga chilena, que lleva viviendo acá un año, cuando me dijo: "No te preocupís, te vas a demorar unos meses en aprender a usar el metro. Yo me perdí los primeros seis acá". Dudo que a un extranjero le cueste más de dos días enchufarse en el metro santiaguino. Pero acá ya llevo tres condoros. La primera vez llegué literalmente al Bronx. Salí a la superficie y vi esta imagen: una pandilla de hiphoperos escuchando rap o algo así de la radio de un auto con los vidrios abajo. "Hey, baby", me dijo uno. Había tomado la línea verde para la dirección opuesta: uptown, no downtown. Otra: iba a una oficina de identificación gringa en Brooklyn para obtener mi número para trabajar. Cuando me asomé al mundo y no pude encontrar los nombres de las calles que buscaba, me di cuenta de que estaba en Queens. Había dos estaciones con el mismo nombre: Court...Tiempo de viaje perdido: hora y cuarto. La última: iba feliz leyendo un libro, sentada al lado de un indio guapísimo y un barbón tatuado hasta el alma, cuando de pronto, habló la profesora de Snoopy por los altoparlantes. En la siguiente estación, estampida de pasajeros del tren. Yo me quedé adentro. Error. El tren se saltó la estación que yo buscaba, quien sabe Dios porqué. Después supe que había trenes exprés que se saltan estaciones y otros que paran en todas, como en Santiago. Aquí el metro tiene sus detalles: no es difícil encontrar asientos, funciona 24 horas, abarca toda la ciudad y gracias al Señor no tiene a los empujadores que te meten a presión a los vagones como en Chile. Pero como es viejo a veces hay filtraciones de agua, se rompen algunos rieles y para reparar esos desperfectos, se alteran los recorridos. Así, ese viaje, en vez de terminar en la Biblioteca de Nueva York escribiendo, como debía, terminé en un extremo de Central Park, tomándoles fotos a las ardillas y a unos mapaches que estaban metidos en un basurero comiéndoselo todo.

    Es muy fácil distraerse

    Día 36: el enredo a nivel humano duplica el enredo del metro. En el subway ocurre de todo: borracho bailando sexy frente a su reflejo a las 10 am, travestis bellos de piernas peludas, baile del caño versión hip hop en los pasamanos, mudanzas completas -gente que acarrea escritorios, bicicletas y repisas en el tren- pasajeros vestidos de gala, para matrimonio, como si nada. Por eso es más fácil aún perderse: una siempre va distraída. Siempre hay algo que mirar. Aunque siempre sea una no más la que mira. La chilena. La chilena que sapea todo.

    Día 45: Me he perdido cada vez menos. Creo que he andado en el 90% de las líneas. Y ya me sé de memoria las frecuentes: casa-universidad-lugares favoritos de Nueva York. Aún no logro entender a la profe de Snoopy de los altoparlantes, aunque ahora ya me atrevo a preguntar cuando dudo. Con mis con conocidas gringas mi inglés está mucho menos tarzanesco. Ahora, miro menos mi pdf en el celular. Ahora tengo teléfono gringo y Google Maps. Aunque eso es solo un consuelo porque bajo tierra nadie tiene señal. En Chile al menos podía whatsappear bajo tierra o leer las noticias en el celular. Suena el altoparlante. Esta vez entiendo. Vamos a estar detenidos un rato más en esta estación, dice la profesora de Snoopy. Me siento una campeona. Una neo neoyorkina. Una inmigrante pro. Sé que me seguiré perdiendo a ratos, pero bueno. Qué más da perderse, si una se pierde aquí en Nueva York.

  • Diseño y comida: Su barrio chino

    El barrio de Meatpacking district era una zona que iba en baja, pero gracias al Chelsea Market logró reactivarse. El lugar está ubicado en una antigua fábrica en donde se inventaron las galletas Oreos. En el lugar hay diseño, rica comida y música.

    Las grandes ciudades del mundo tienen a su haber un barrio chino. Ubicado en Mott Street con Canal Street, ahí se pueden comprar cientos de productos a menor precio y comer platos grandes a precios módicos.

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